martes, 7 de abril de 2015

Billie Holiday y su legado.


 
Eleanora Fagan Gough, que era el verdadero nombre de Billie Holiday nació tal día como hoy de 1915, por tanto habría cumplido si viviera 100 años, pero vivió muchos menos, Billie murió a los 44 años en el Hospital Metropolitano de New York, un 17 de julio de 1959 por complicaciones respiratorias. Llevaba en arresto hospitalario desde el 12 de junio por posesión ilegal de narcóticos. Había llevado el micrófono de jazz a un lugar solamente superado por sus dos grandes influencias, Louis Armstrong y Bessie Smith.
Su madre, Sadie Fagan, tenía sólo trece años cuando nació Billie y su padre Clarence Holiday, un guitarrista y bajista de jazz que tocó en la orquesta de Fletcher Henderson, tenía quince. Sobra decir que era una niña no deseada. Su madre, excesivamente joven para la responsabilidad, abandonaba con frecuencia a la niña con parientes de no muy buena reputación. La niña fue enviada a una escuela católica a la edad de diez años, después de haber admitido ser violada. En New York, ayudaba a su madre en trabajos de ayuda doméstica y empezó a ejercer la prostitución.
A principios de los años 30, Billie ya cantaba con frecuencia en varios clubs de New York y empezó a unirse a grandes talentos como Benny Goodman. Su descubrimiento por el productor John Hammond fue clave. Cuenta el mismo John Hammond, su descubridor, que la jóven Billie Holiday era una mujerona, en 1933 “pesaba casi cien kilos y era increíblemente hermosa”. En 1959, cuando falleció, con 44 años, había quedado reducida a una ruina, “una pequeña y grotesca caricatura de sí misma”. En esos 25 años Billie fuera de los escenarios patinó y mucho, ya que cayó en las drogas y le retiraban la tarjeta para actuar en los clubs, algo mortal para la gente del jazz de la época.


 
 
Las actuaciones de Billie Holiday son una obra maestra de expresividad contenida que solicitan de una lente para poder observar al detalle cada uno de sus gestos y sombras, cada insignificante movimiento, cada modulación, cada nota sostenida, cada fraseo, obligando a un esfuerzo de atención, a un acercar la mirada hasta adentrarse bajo la piel de la cantante.
 
No seré yo quien diga que sabe mucho de una artista de la que sólo tengo dos vinilos, pero es tanta la devoción por ellos y sobre todo por esa joya llamada All or nothing at all de 1956, que mínimo debía hacerla un homenaje por el centenario de su nacimiento.
 
Yo os dejo con Strange Fruit de 1939, que la primera vez que la escuché en la voz de Jeff Buckley flipé en colores, la original es gloria bendita.
 
 

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